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¿Por qué los filósofos y los teólogos son tan hostiles a la economía?

El debate sobre los efectos que el capitalismo tiene en el carácter es antiguo. En el siglo XVIII, a Adam Smith le preocupaba que, si bien la división del trabajo aportaba riqueza y facilitaba el florecimiento humano, el carácter restrictivo y repetitivo del trabajo podía tener efectos perjudiciales. Muchos otros observadores del orden comercial emergente compartían sus sentimientos encontrados. Actualmente, muchos pensadores destacados, tanto de izquierda como de derecha, cuestionan la moralidad del capitalismo.
No se trata de una cuestión filosófica secundaria: es importante para el futuro de nuestras sociedades. ¿Acabará el capitalismo comiéndose a sí mismo? Los economistas, ¿están llevando a nuestra sociedad a la destrucción? El capitalismo y el orden político liberal, ¿serán superados por alternativas autoritarias?
Para los que trabajan en el contexto de la ética aristotélico-tomista, el debate tiene un cariz particular. El defensor contemporáneo más destacado de esa tradición, Alasdair McIntyre, ha expresado repetidamente y con firmeza la opinión de que el capitalismo y la ética teleológica aristotélica-tomista son incompatibles. MacIntyre no es el único. De diferentes maneras, muchos de nuestros mejores filósofos y teólogos contemporáneos, como Kathryn Tanner, David Bentley Hart, Charles Taylor, John Milbank y Stanley Hauerwas, han puesto en duda la compatibilidad del cristianismo y el capitalismo de libre mercado.
Se trata de filósofos y teólogos cuyo trabajo admiro. Aunque creo que se equivocan, sus argumentos son generalmente reflexivos y matizados. Por desgracia, las opiniones de los menos eminentes suelen ser más extremas y menos informadas. De hecho, parece haber un problema sistemático con los filósofos y teólogos que escriben sobre economía. Cuando escriben sobre otras ciencias, tienden a informarse a través de estudios formales o mediante el compromiso con los científicos. Por alguna razón, no es así cuando se trata de economía.
Es un problema serio. En mi opinión, los malos textos de los filósofos y teólogos sobre economía es una cuestión moral. Si sus puntos de vista sobre economía se toman en serio, como a menudo ocurre en las iglesias y en las gestiones para promover la aprobación de leyes a nivel político, amenazan los efectos de cambio que tiene el libre mercado en la vida de los pobres en todo el mundo.

Por qué esto es importante
Cualquiera que dude de que el libre mercado ha facilitado una vida mejor a millones de personas en todo el mundo en las últimas décadas debería leer El gran escape, del economista de Princeton Angus Deaton, o los tres volúmenes de defensa del capitalismo de la historiadora económica de Chicago Deirdre McCloskey, dirigidos a sus escépticos amigos de humanidades.

Las ideas importan, especialmente las ideas sobre economía. Están detrás de las políticas que determinan si los pobres tienen o no la oportunidad de avanzar. La idea de que el libre comercio internacional es un complot neoliberal para, por ejemplo, explotar a los pobres de África y enriquecer a los poderosos de Occidente, lleva a los países africanos a erigir barreras al comercio y a oponerse al programa de liberalización del comercio multilateral de la Organización Mundial del Comercio. A su vez, estas políticas niegan a los agricultores africanos la posibilidad de vender sus productos en condiciones justas en los mercados mundiales y, por ende, la posibilidad de salir de la pobreza.
Estas políticas contrarias al comercio cuestan vidas. Siguiendo la línea utilitaria de Salvar una vida de Peter Singer, sería interesante hacer los cálculos sobre cuántas vidas exactamente. Mi opinión es que sería un número mucho mayor que el número de vidas salvadas gracias a la ayuda exterior. Tal vez el altruismo más eficaz sea una mejor economía.
Pero, ¿tienen los escritos sobre economía de filósofos y teólogos como MacIntyre, Kathryn Tanner, David Bentley Hart y John Milbank alguna influencia? ¿Cuáles son los canales a través de los cuales actúa esta influencia?
 A pesar de las esperanzas y las predicciones de los laicistas, nuestro mundo sigue siendo un lugar abrumadoramente religioso, y los cristianos siguen siendo el grupo religioso más numeroso. Sólo una pequeña proporción de cristianos lee a estos teólogos a pesar de que sus puntos de vista sobre economía son más accesibles y tienen mayor difusión que sus escritos teológicos académicos. Sin embargo, lo más importante para la formación de la opinión de los cristianos es que los puntos de vista de sus sacerdotes y pastores sobre economía se forman en los seminarios, donde estos filósofos y teólogos tienen una gran influencia. Esta formación en el seminario determina la enseñanza de los sacerdotes o pastores durante años.
Otro canal es el trabajo de las agencias eclesiásticas, en las que también se forman las opiniones de los líderes. Las agencias relacionadas con la Iglesia dominan el sector de la ayuda internacional, así como los servicios sociales nacionales. En mi país, Australia, más del 40% de los servicios sociales son prestados por agencias relacionadas con la Iglesia, a menudo con contratos del gobierno. Una mala economía tiene un enorme efecto en las políticas y actividades de estas agencias.

MacIntyre sobre los mercados y la economía

Para ilustrar mi punto, examinaré detalladamente un caso: el de Alasdair MacIntyre. ¿Por qué cree MacIntyre que su aristotelismo tomista es incompatible con el capitalismo y la economía? Las cuestiones, según Robert Miller (citado por David Schaengold aquí en Public Discourse), son las siguientes: “En primer lugar, MacIntyre sostiene que el capitalismo es inmoral porque enseña sistemáticamente a la gente a considerar el vicio de la codicia como una virtud. Y lo consigue educando a las personas a considerarse a sí mismas principalmente como consumidoras, de modo que «el éxito en la vida lo constituye la adquisición exitosa de bienes de consumo»… De hecho, «el impulso de tener más y más se convierte en una virtud esencial»”.
 Es necesario desarrollar un poco la primera cuestión. Ciertamente, para Marx una de las características del capitalismo es el impulso de la clase capitalista a acumular, lo que significa reinvertir, en lugar de consumir, el excedente del que se apropian. Aunque discutible, en Marx significaba la expansión de la demanda para absorber la creciente producción; digo discutible porque para Marx una de las fuentes de la crisis capitalista es la insuficiencia de la demanda. Actualmente hay menos dudas de que la expansión de la demanda, a través de un dilatación interminable del deseo mediante la publicidad y otros medios, es una característica de nuestro sistema y también, según MacIntyre, sus rasgos problemáticos.
También hay rasgos problemáticos en la teoría económica. La suposición de que más es mejor forma parte de la estructura de la corriente económica contemporánea: si se coge cualquier libro de texto de microeconomía avanzada, la insaciabilidad de los consumidores es uno de los supuestos sobre los que se construye la teoría de la demanda. El deseo insaciable está en desacuerdo con la visión que tiene la filosofía aristotélica y tomista sobre el ser humano y su florecimiento, y el reciente libro de Mary Hirschfeld, Aquinas and the Market, es excelente a este respecto.
La segunda cuestión para MacIntyre es la del individualismo. Miller escribe: “Como aristotélico, MacIntyre sostiene que sólo los seres humanos que actúan juntos en una comunidad pueden perseguir el verdadero fin último. Por esta razón, «el mejor tipo de vida humana, aquella en la que la tradición de las virtudes se encarna de forma más adecuada, es la que viven quienes se dedican a construir y sostener formas de comunidad dirigidas a la consecución compartida de aquellos bienes comunes sin los que no se puede alcanzar el bien humano último», como «las familias y los hogares, las escuelas, las clínicas y las formas locales de comunidad política»”.
No hay duda de que la corriente económica contemporánea es individualista desde el punto de vista metodológico. Las buenas explicaciones económicas se refieren al comportamiento individual, que sólo se agrega cuando es necesario explicar el comportamiento de los grupos. También el análisis en la economía dominante contemporánea tiende a ser individualista: el bienestar de la sociedad es la suma del bienestar de los individuos que la componen.
Algunos economistas argumentarían que su individualismo metodológico no implica la aprobación del tipo de individualismo que MacIntyre considera incompatible con el aristotelismo tomista. Señalarían que la economía tiene valiosos relatos teóricos y empíricos de individuos que se unen en proyectos comunes: empresas, provisión de bienes públicos, formación de iglesias, etc. Sin embargo, es difícil oponerse al argumento sociológico según el cual los supuestos individualistas de una disciplina con tanta estima cultural como la economía fomentan el individualismo en la sociedad.
En cualquier caso, el individualismo parece ser una característica innegable de la sociedad occidental contemporánea. Si muchos de los bienes humanos de la filosofía aristotélica y tomista sólo se alcanzan mediante la acción común, la sociedad contemporánea es un problema para los seguidores de dicha tradición.
Para MacIntyre, el problema fundamental del capitalismo es que las virtudes internas de las prácticas y los bienes a los que se orientan el capitalismo y la economía son defectuosas. A raíz de la crisis financiera de 2007, la forma en que los bienes financieros pueden multiplicarse sin un anclaje en la producción o en límites humanos adecuados ha suscitado una crítica particular. Para MacIntyre, el crecimiento de la desigualdad es una prueba más del individualismo dañino y de la ausencia de límites en el capitalismo. En su artículo de 2017 “The Irrelevante of Ethics”, MacIntyre afirma que las finanzas éticas son una contradicción y argumenta que, independientemente del carácter y el comportamiento del individuo que trabaja en la industria financiera contemporánea, las prácticas inherentes a ella, que no pueden ser mejoradas por la regulación, la convierten en inmoral.
En la visión de MacIntyre sobre economía, los escoceses del siglo XVIII David Hume y Adam Smith ocupan un lugar destacado. A continuación pasa a la economía estadounidense del siglo XX. Extrañamente, MacIntyre considera que es L. J. Savage y no Gary Becker el culpable del punto de vista erróneo que tiene la economía sobre la racionalidad, es decir, como la maximización de las preferencias estables. Por desgracia, la lectura que hace MacIntyre de la economía parece no haber ido más allá de los textos introductorios. Cada uno de los problemas que identifica con esta visión de la racionalidad (la incertidumbre radical, el contexto social de los mercados, el cortoplacismo, el hecho de que los agentes estén aislados de las consecuencias de sus acciones) ha recibido mucha atención en la literatura económica.

MacIntyre, Adam Smith y Thomas Chalmers
Una de las ironías de las críticas de MacIntyre a la economía es que su compatriota escocés Adam Smith parece ofrecer mucho de lo que MacIntyre reclama. No me refiero al Smith de la mitología contemporánea, sino al verdadero Adam Smith, autor de la La teoría de los sentimientos morales y de La riqueza de las naciones (Samuel Gregg ha escrito anteriormente en Public Discourse sobre esta desafortunada simplificación del pensamiento de Smith). De hecho, el vidente económico de MacIntyre, Marx, tomó gran parte de su aparato analítico en El capital del famoso escocés y de sus seguidores ingleses de principios del siglo XIX. Estudios recientes también han demostrado la magnitud de la deuda de Smith con uno de los héroes filosóficos de MacIntyre, Aristóteles. Hoy en día, se suele interpretar a Smith como un ético de la virtud, incluso como alguien que actúa en un marco teológico.

Para Smith, las virtudes de la justicia y la prudencia son inherentes a las prácticas de la sociedad comercial, la benevolencia es perfectamente compatible con la sociedad comercial y la virtud que fundamenta el autocontrol es necesaria y se nutre de la sociedad comercial. Todo ello está orientado al desarrollo humano como parte de un gran sistema dirigido por la Providencia divina. No es exactamente lo mismo que el esquema aristotélico-tomista de MacIntyre, pero está mucho más cerca de lo que MacIntyre parece reconocer.
Es más irónico que otro escocés, Thomas Chalmers —el homónimo del propio Alasdair Chalmers MacIntyre—, respaldara una visión aún más cercana a la de MacIntyre. En los primeros años del siglo XIX, Chalmers dirigió un programa de regeneración urbana en Glasgow, en el que pequeñas comunidades trabajaban juntas para reconstruir lo que hoy llamaríamos capital social y revitalizar la vida económica de las comunidades. La diferencia es que Chalmers creía que un orden de libre mercado apoyaba, en lugar de socavar, esa actividad, y defendía ese orden por motivos morales.
MacIntyre y otros filósofos y teólogos con puntos de vista similares sobre economía podrían defenderse diciendo que se limitan a ofrecer sugerencias para que otros las desarrollen y las examinen críticamente. Por desgracia, este no suele ser su tono cuando hablan de economía, y la advertencia casi nunca va adjunta.

Tomarse la economía en serio
Por supuesto, los filósofos y los teólogos son perfectamente libres de comentar los temas económicos. La economía es demasiado importante como para dejarla en manos de los economistas, y estos pueden aprender mucho de quienes no pertenecen a su disciplina. Sin embargo, los filósofos y los teólogos, especialmente los que tienen una amplia influencia, como es el caso de MacIntyre, tienen la responsabilidad de ejercer el debido cuidado en la defensa de la economía. También debemos criticar a los economistas que no ejercen el debido cuidado cuando comentan temas teológicos. Como he argumentado, es mucho lo que está en juego. Una mala economía cuesta vidas y hace que muchas vidas sean horribles.

Afortunadamente, los comentarios de MacIntyre sobre economía siempre se pueden separar de sus principales argumentos filosóficos, mucho más sólidos, y existen alternativas económicas mucho mejores. La ética aristotélico-tomista sería mucho más fuerte si se aliara con una visión económica que fluyera de sus compatriotas escoceses Adam Smith y Thomas Chalmers, y de economistas contemporáneos de ideas afines.

Publicado por Paul Oslington en Public Discourse

Traducido por Elena Faccia Serrano

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