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“Dios existe, y no somos nosotros”

En los últimos dos años me he convertido en una investigadora bastante hábil. No me refiero a los típicos recursos de las esposas —esos que hacen que detectemos un cabello rubio en el abrigo del marido a metros de distancia— sino a algo más amplio. La capacidad de entender lo que piensa tu interlocutor en los temas candentes, los grandes caballos de batalla de los últimos tiempos, como por ejemplo el virus, con su correspondiente vacuna, y la cuestión ruso-ucraniana. Hay algunas palabras clave a las que tienes que prestar atención; sólo tienes que moverte con habilidad y podrás conseguir no abrir frentes irremediables. En el peor de los casos, siempre puedes hacerte el muerto.

Porque para mí lo importante, la cosa absolutamente más importante, es seguir siendo amigos, y no cuenta conseguir siempre que la otra persona cambie de opinión (¿alguna vez has tenido que dar marcha atrás en tu postura sobre algo, después de una discusión con alguien?): en algunos casos vale la pena discutir, si realmente quieres a tu amigo. En muchos casos, en cambio, es mejor guardar silencio. Quererse es más importante, con diferencia.

Pero la cuestión sobre la que quiero razonar es otra. ¿Por qué esta radicalización de las posiciones? ¿Por qué el mero hecho de plantear dudas sobre la versión monolítica, cuadrada y sin matices que ofrecen los medios de comunicación con una compacidad que no recuerdo haber visto nunca antes, hace que te tachen malo (algunas veces de homófobo, machista, negacionista, antivacunas, pro-Putin y demás)? ¿Por qué esa necesidad de imponer una versión de los hechos sin profundidad, sin complejidad, sin atisbos de dudas (fundamentales especialmente cuando se habla de ciencia)?

Hace tiempo que me lo pregunto, como usuaria de la información y como periodista. Pero antes que nada como persona. Es decir, puedo entender que un periódico abogue por una determinada lectura de la realidad que también sirve para su posicionamiento en el mercado, por así decirlo. Lo que me resulta más difícil de comprender es por qué tanta gente —tantos seres queridos, incluso— siguen la información simplificada y extremista con tanta devoción.

Pues bien, creo que la respuesta está precisamente en esta palabra. Devoción. He llegado a la conclusión de que la fe en una determinada versión de los hechos ha adquirido cierta dimensión religiosa. Cuando se tiene fe en Dios no se cree en nada más que en Él, al menos no de forma tan absoluta. Sabes que la ciencia no es Dios y funciona a base de pruebas, sabes que los hombres no son buenos ni malos, sino que, heridos por el pecado original, realizan acciones sujetas a error, llenas de claroscuros, porque sin el Espíritu “el hombre no tiene nada, nada queda sin culpa”.

Por eso, paradójicamente, los creyentes son mucho más racionales y libres a la hora de juzgar las circunstancias, porque no necesitan creer en la bondad granítica de alguien o de una causa, ni en soluciones milagrosas y salvadoras. Podemos aceptar serenamente la limitación, la nuestra y la de los demás, porque sabemos que Dios existe (y no somos nosotros). Creo que las posturas de hoy son tan extremas y violentas porque la fe en ellas ha sustituido a la fe en Dios, es una nueva religión, con sus rituales, símbolos y lenguaje.

No creer en Dios al final te hace creer en todo.
Creer en Dios te abre a la libertad de juicio y, por tanto, a la complejidad de la realidad.

Texto original: Costanza Miriano, “Dio esiste, e non siamo noi”, Il Timone, nº 218 (giugno 2022), p. 7
(Traducido del italiano por Verbum Caro)

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