Nuevo Inicio

En memoria de Artur Mrowczynski-Van Allen

Artur Mrowczynski-Van Allen ha sido uno de los fieles cristianos laicos que, junto con el arzobispo de Granada, fundaron la Editorial Nuevo Inicio, un verdadero “ministerio”, en el sentido de un verdadero servicio a la misión de la Iglesia, a la evangelización. La editorial trató desde el comienzo de dar cauce y voz a la nueva cultura que el mundo necesita en estos momentos, tanto fuera como dentro de la Iglesia. Los parámetros vigentes en la actualidad, en efecto, de una contraposición simplona entre “comunismo” y “liberalismo” no bastan, no sirven ya. No que no “funcionen” en la práctica de la vida política, y en la retórica política y económica correspondiente, pero culturalmente están agotados. Sin duda es pretencioso pensar que una editorial puede “generar” una cultura. Una cultura sólo la genera un pueblo. Y la nueva cultura que el mundo y la Iglesia necesitan, guiada por el sabio magisterio de los Papas, sólo puede hacerla un pueblo. No la hará ninguna élite, no la hará ninguna universidad. Sólo un pueblo, como supieron ver Péguy y MacIntyre, como sabía Artur, como ha enseñado también el Papa Francisco. Una editorial sólo puede ser un instrumento, un pequeño instrumento y de orden secundario, que puede a lo sumo iluminar, acompañar, aclarar o sostener al pueblo que está naciendo, o a quienes desean que nazca, o a quienes lo buscan o lo anhelan, o a quienes están cansados y saturados de palabras sin vida y sin frescura, pero no ven la posibilidad de otra perspectiva.

 Artur, junto con algunas otras personas, ha trabajado a la medida de sus capacidades y de sus fuerzas para hacer posible esa editorial. La ha acompañado con cariño, con sacrificio, con una gran dedicación. Sin él, como sin algunas de esas otras (pocas) personas a las que acabamos de referirnos, la Editorial Nuevo Inicio no existiría. Tal vez tampoco el altar mayor de San Nicolás en Granada. Ni acaso los cursos de verano del Instituto de Filosofía Edith Stein. Ni, desde luego, sus preciosos hijos.

 Hoy que Artur ya no está entre nosotros visiblemente, hoy que —lo esperamos, con toda la fuerza que nos da la fe que nace de la resurrección de Jesucristo— Artur ya ha descansado de las fatigas y las angustias de esta vida, hoy confiamos su alma al amor infinito de Dios. Lo ponemos en sus manos, exactamente igual que nos ponemos a nosotros mismos, a todos nosotros, con la misma confianza, con la misma certeza. Que el Señor tenga misericordia de sus faltas, y que le recompense a la medida sin medida de su amor infinito todo el bien que ha hecho a lo largo y ancho de su vida. Artur, esperamos verte en el cielo, junto al Señor, allí donde esperamos llegar también nosotros gracias a la misma misericordia que nos ha creado a todos (a ti, a tu esposa y a tus hijos, y a todos nosotros, amigos y enemigos), y que a todos nos ha redimido mediante el don de su sangre preciosa.

Editorial Nuevo Inicio
6 de mayo de 2022

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