Nuevo Inicio

entrada_5

Los grandes ensayos del siglo XX: Nuestra juventud, de Charles Péguy

En Nuestra juventud, publicado en 1910 [y en febrero de 2018 en español por la Editorial Nuevo Inicio, ndt], Charles Péguy vuelve, quince años después de su inicio, al caso Dreyfus, que enardeció a su generación. Ratifica su rechazo a unirse a los nacionalistas, aunque critica severamente a quienes, como Jaurès, explotaron este caso con fines políticos. Una lección de valor intelectual.

“Todo empieza por la mística y acaba en la política”: la fórmula es tan conocida que parece una ley general de la sociedad descubierta por un médico de lo humano. Casi olvidamos que es el centro de Nuestra juventud, obra que se inscribe en un contexto histórico concreto. Y no es un contexto baladí, sino el del “Affaire”, que sigue siendo el gran caso intelectual francés; marca, incluso, el momento en el que aparecen el término y la figura del “intelectual”. Publicado quince años después de la degradación del capitán Dreyfus, doce años después del “J’accuse…! ” de Zola y cuatro después de la absolución, Nuestra juventud, obra en la que Péguy utiliza incesantemente la tercera persona del plural, convirtiéndose así en portavoz de una generación, es un manifiesto, una aclaración, un modo de poner las cosas en orden para quien profesa “la única exactitud”.

¿Un dreyfusard arrepentido?

Mientras tanto, ¿qué ha pasado? Péguy, incasable líder de los dreyfusards ha evolucionado hacia el catolicismo (rechaza la palabra “conversión”). No es el camino de Damasco, ni es un asiduo de Notre-Dame, sino que es un deslizamiento progresivo, madurado en el amor a Francia, en el rechazo del terrible mundo moderno y en el desencanto de la utopía socialista.

En 1910 publica El misterio de la caridad de Juana de Arco, drama medieval y meditación sobre la figura histórica de la Doncella y la virtud de la esperanza. Despreciado por los radicales (“¿Péguy? Ha sabido poner agua bendita en su petróleo de la Comuna”, dirá Ernest Lavisse), el libro es aclamado por los nacionalistas, que ven en Péguy a un dreyfusard arrepentido. “¡Es de los nuestros!”, se entusiasman Le Gaulois y L’Action française. “¡Oh prodigio! ¡He aquí el Evangelio vinculado de nuevo a la vida de un joven universitario de la Sorbona”, se entusiasma Barrès.

Existen verdaderos arrepentidos entre los dreyfusards. En abril de 1910, el viejo compañero de viaje de Péguy, Daniel Halévy, publica en Les Cahiers su Apologie pour notre passé [Apología por nuestro pasado], un texto desencantado en el que este feroz patriota analiza la degeneración del partido dreyfusista, prácticamente claudicando ante los nacionalistas. Cogido entre estos dos fuegos, arrepentimiento y recuperación, Péguy responde. Y lo hace con Nuestra juventud, publicado en Les Cahiers en julio de 1910.

El manifiesto es una reacción en dos tiempos. A los nacionalistas, Péguy les recuerda que sigue siendo dreyfusard, y que no se arrepiente de nada: “No hemos hecho nada de lo que no debamos enorgullecernos”, responde a Halévy. Al “partido intelectual” le reitera esta verdad: “Es cierto que, por lo menos, ha habido una traición en el caso Dreyfus, y es la traición del propio dreyfusismo”. Aclara y acentúa sus ataques contra Jaurès, “un retorcido entre los retorcidos, un hipócrita entre los hipócritas”.

¿Qué le reprocha a su antiguo camarada y amigo? El haber explotado el dreyfusismo con fines políticos. Le acusa de haber construido, cediendo al anticlericalismo y al antimilitarismo, una ilusión retrospectiva según la cual el dreyfusismo era un movimiento antifrancés y anticristiano. De haber manchado el honor de los dreyfusistas. De haberse puesto al servicio del “combismo” (del nombre de Émile Combes, impulsor de la ley de 1905 y violentamente anticlerical) y del “herveísmo” (de Gustave Hervé, socialista que defendía la huelga general en caso de guerra con Alemania y al que Jaurès se negó a excluir de la SFIO, Section française de l’Internationale ouvrière).

Ni Jaurès ni Maurras

Contrariamente a los nacionalistas, que veían en el partido dreyfusard “la anti-Francia”, y contrariamente a los socialistas, que explotaron el caso Dreyfus con intenciones anticlericales y pacifistas, lo que Péguy quiere demostrar es que los dreyfusards eran unos patriotas: si ambicionaban demostrar la inocencia de Dreyfus es porque creían que no había mancha más infame que ser declarado traidor a Francia. El Affaire es una intersección entre tres místicas: la mística judía, la mística cristiana y la mística francesa. No hay un “al mismo tiempo” en esta síntesis, sino la evidencia, para Péguy, de la profunda unidad del alma francesa. A menudo se presenta el caso Dreyfus como el síntoma de una Francia especialmente antisemita en esa época. En realidad, y en Péguy se ve claramente, es un claro testimonio del alma de Francia, esa Francia eterna, que tiende su brazo al servicio de la justicia y el sentido del honor.

Contra el antisemitismo

Es también necesario recordar a quienes, como Bernard-Henri Lévy (en L’Idéologie française), afirman que “hay dos Péguys”, uno dreyfusard y el otro protofascista, que no hay más que un sólo Péguy, y que Nuestra juventud también es un alegato extraordinariamente profético contra el antisemitismo. “LOS ANTISEMITAS NO CONOCEN A LOS JUDÍOS”, grita Péguy (las mayúsculas son suyas). Responde punto por punto a los argumentos de los antidreyfusards. ¿Que los judíos son ricos? Él, personalmente, sólo ha conocido a un usurero y era, siente vergüenza al decirlo, un buen cristiano. ¿Que el caso ha sido planeado por el “partido intelectual”? Péguy desmonta los engranajes de lo que aún en esa época no se conocía como “teoría de la conspiración”. Y si cita este verso del Cid [de Corneille, ndt]: “Entregaré mi sangre pura como la he recibido”, no es para reclamar una pureza racial cualquiera, sino para invocar una inmemorial tradición del honor. Por lo demás, como ha observado de manera magistral Alain Finkielkraut en Le Mécontemporain, “el amor a lo concreto, la religión de lo real, la piedad hacia la tierra nunca se identifican en su pensamiento con el repliegue de la razón en lo relativo a la religión o a la raza”.

 No hace falta decir que Nuestra juventud tuvo muy mala acogida en ámbito nacionalista. El elogio de Bernard Lazare, periodista judío, al que Péguy retrata como un “santo”, exasperó a L’Action française. Paul Claudel le escribió su decepción: “¡Qué pena encontrar a un verdadero francés, un soldado de San Luis, combatiendo con personas que no son de su raza en contra de la suya! ”. Sólo Barrès conservará su estima hacia Péguy y hará campaña a su favor en 1911 —en vano—, para que se le conceda el gran premio de literatura de la Academia francesa por El misterio de la caridad de Juana de Arco.

Pero también le llueven críticas procedentes de los dreyfusards. Así, Georges-Guy Grand acusa a Péguy de caer en el idealismo, y observa que el final de Nuestra juventud ha tenido que llenar de alegría a Maurras: “¿Cuál fue, efectivamente, el gran argumento de Maurras contra los dreyfusistas? Que eran unos místicos, adoradores de las nubes, personas perdidas en sus ensueños y que se olvidaban de las realidades inmediatas”.

¿Péguy un idealista? Él se defiende y devuelve el reproche: a quienes sacrificarían con gusto el hombre Dreyfus a la idea de Francia, él antepone el hombre a la idea: “Un sólo crimen rompe, y basta para romper, todo pacto social”. Decididamente está al lado de Antígona y contra Creón, al lado de la verdad contra la razón de estado. En un texto de 1905, Heureux les systématiques [Felices los que son sistemáticos], Péguy se situaba al lado de los “realistas” y contra los partidarios del espíritu del sistema. Los realistas son quienes dicen “tontamente la verdad tonta, aburridamente la verdad aburrida”, mientras que los sistemáticos hacen entrar con calzador lo real en sus compartimentos.

Antimoderno

En Nuestra juventud, Péguy crea una nueva summa divisio —hoy en día lo llamaríamos una “nueva escisión”— entre mística y política. El enfrentamiento ya no es entre quienes creen en el Cielo y los que no creen en él, entre los dreyfusards y los antidreyfusards, el Antiguo Régimen y la Revolución, los republicanos y los monárquicos, sino entre todos los antiguos místicos y el mundo moderno. “El mundo que hace el mal. (…) Es decir, el mundo de quienes no creen en nada, ni siquiera en el ateísmo, que no se entregan ni se sacrifican por nada”.

Halévy, Jaurès, Sorel… la vida de Péguy está cubierta de amistades rotas, decapitadas por su pluma vengativa que no perdona nada, ni siquiera en nombre de la camaradería. Lanzando sus anatemas desde el borde del precipicio, Péguy tiene algo de exasperante con su estilo iterativo que salmodia los razonamientos, ese estilo de trabajador que sin cesar vuelve a la misma zanja, cavando apenas un poco más hondo, un estilo que a muchos de sus contemporáneos les parecía inaccesible.

 Y sin embargo, lo que este libro tiene de extraordinario es su fuerza de convicción, esa ardiente sinceridad que encontramos en Bernanos y Simone Weil, sustentada en la intensa conciencia de estar del lado de la  justicia. Si la juventud de Péguy habla a todas las juventudes, si este texto tan anclado en una época tiene un mensaje universal es porque, ante todo, es una lección de valor intelectual. Hace falta decir la verdad, aunque ésta moleste a su propia facción. Es también una advertencia contra la explotación de los hechos con fines políticos, y de ese momento en el que la política devora la mística de la que surge. Es esto lo que nos molesta y nos fascina del autor de Nuestra juventud: que su alma nunca ha envejecido.

Publicado por Eugénie Bastié en Le Figaro
Traducción de Elena Faccia Serrano

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad