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Lo último del agricultor-autor Wendell Berry

¿Los jóvenes que viven cerca de usted vuelven a la tierra?
No tantos como en los años 60 y 70. Pero sí que tenemos algunos recién llegados a la agricultura y a la comunidad. Conozco a dos o tres que lo están haciendo admirablemente. No ganan mucho dinero. Se mantienen y aprenden y son buenos miembros de la comunidad. Uno tiene un modelo de agricultura sostenida por la comunidad [CSA sus siglas en inglés], Tanya [la mujer de Berry, ndr] y yo estamos suscritos a él.

¿Qué edad tienen?
Todo el mundo me parece joven hoy en día. Treinta o cuarenta años, creo.

¿Qué es un agricultor moderno hoy en día?
Un agricultor industrial. Hay que decir que el campo sufre la falta de cuidadores. La agricultura en su mejor momento estaba diversificada y muy bien hecha. Las personas que hacían ese trabajo aquí han muerto o se han ido, y sus hijos también. Están siendo sustituidos por maquinaria enorme y productos químicos tóxicos. La agricultura industrial se aleja y va en contra de lo que Aldo Leopold llamó la “comunidad de la tierra”.

¿Qué debería ser en cambio un agricultor moderno?
Un agricultor que ha comprendido la dependencia de la agricultura de la naturaleza. El agricultor responsable no poseería más tierras de las que puede conocer bien, prestar atención y cuidar adecuadamente. La agricultura tiene que ver con todo. No podemos reducirla a una transacción entre un técnico y una máquina.

Cultivar bien una granja diversificada de tamaño razonable —de 100 a 200 acres de buena tierra aquí— significa resolver problemas estructurales de la misma naturaleza que encuentra un novelista. Hay que tener una estructura espacial, la disposición de los campos y demás, y una estructura temporal que determine qué es lo primero, qué es lo siguiente, etc. Un buen agricultor debe resolver estos problemas en una buena granja todos los días.

¿Cómo se puede distinguir una buena granja?
El aspecto de la misma será satisfactorio. Una buena granja se reconoce como buena en parte por su belleza: la presencia de árboles, hierba, buen ganado en los pastos. Si vas al condado de Holmes (Ohio), donde los amish prosperan en granjas de entre 80 y 125 acres, te impresionarán las flores de los patios, las huertas bien cuidadas, el césped, las pajareras y las colmenas.

¿Se está perdiendo la conexión espiritual entre el agricultor y la granja?
Creo que corre peligro. Ahora es un territorio peligroso. He estado leyendo la encíclica del Papa. Es impresionante. A medida que surgen los problemas, los afronta. Hace la conexión entre el imperativo bíblico y la obligación local del agricultor o usuario de la tierra.

Los amish, como el Papa, se toman los evangelios muy en serio. Para empezar, son pacifistas. ¿Recuerdan cuando unos locos mataron a los niños en su escuela? Los amish fueron directos y perdonaron al asesino. Los negros de Charleston también lo hicieron. Los amish tienen esa capacidad de tomarse el imperativo moral al pie de la letra. Creo que se toman la administración con la misma coherente seriedad. Se han hecho la pregunta fundamental sobre la innovación tecnológica: ¿qué haría esto a nuestra comunidad si lo hacemos? Esto es lo que rige su debate. Lo han hecho muy bien. No son personas perfectas. Pero el ejemplo del condado de Holmes está ahí para ser visto, y la mayoría de nuestros expertos en agricultura no lo miran, o no pueden verlo, o no pueden reconocer su bondad si lo ven.

¿Cree que esa conexión se está reconstruyendo?
Nuestro vecino con una CSA le contaba a Tanya que su hijo pequeño quería recoger los tomates cherry, y lo hizo. Que tu corazón sienta esa calidez es parte de los ingresos de una granja. Los vecinos que trabajan juntos tienen unos ingresos que nunca se contabilizan.

La antigua forma de intercambio de trabajo entre vecinos implicaba mucha charla. Los vecinos trabajaban juntos, una cuestión de máxima practicidad, con un resultado económico necesario, pero la jornada de trabajo era también una ocasión social. ¿Se trata de una conexión “espiritual” entre vecinos, y entre el barrio y su tierra? Supongo que sí, pero sólo por ser también una conexión práctica, económica, social y agradable. Y afectuosa.

Mirar a alguien a los ojos y decirle “te quiero” directa y sinceramente a la cara… ¡qué maravilla! ¿Quién querría perdérselo?

Las personas que hablan sólo para comunicarse son diferentes de las que hablan por placer. Las personas que hablan por placer, a diferencia de las que hablan para comunicarse, se convierten, con el paso de los años, en maravillosos conversadores. Tienen elocuencia.

Publicado por Corby Kummer en Modern Farmer

Traducido por Elena Faccia Serrano

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